Ante las reformas, desconfianza ciudadana

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rebecca_arenas

Rebecca Arenas

25 de julio de 2013

 

  Una vez concluidas las elecciones, los actores políticos retoman el tema de las reformas legislativas pendientes, estimándose que en las próximas semanas quedaran listos los proyectos y definidas las estrategias que caracterizarán la agenda política de lo que resta del año.

Pero ¿en qué consisten estas reformas? Ante todo, se trata de reformas sustantivas cuya sola mención genera división y polémica. Abrir o no abrir Pemex a la inversión privada, o la tan esperada reforma fiscal que logre elevar la baja recaudación de impuestos, constituyen temas muy complejos de difícil muy difícil resolución. El tiempo es limitado y las promesas de cambio se quedan por debajo de las expectativas que los mismos legisladores generan.

Dentro del conjunto de cambios también están: nombramientos importantes que tiene que hacer el Congreso para integrar las nuevas instituciones que regularan las telecomunicaciones; la renovación de cinco consejeros en el IFE, en donde sin duda veremos de nuevo la batalla entre intereses partidistas y poderes fácticos, frente a las necesidades de autonomía que se requiere para construir instituciones democráticas y eficientes, que es justa reivindicación de la ciudadanía.

Lo anterior sin mencionar, el tema de la transparencia, el cambio de la Secretaría de la Función Pública y la autonomía constitucional para el IFAI, rematando con la reforma política, que constituirá -sin duda- la gran divisa de de la oposición para discutir las reformas energética y fiscal. Y todo esto en el marco de una dinámica muy acelerada, en donde lo que resultaba novedoso hasta hace unos meses hoy parece muy manido.

Al inicio del sexenio, la noción de un tiempo nuevo, generó amplias expectativas de consenso y reforma, pero apenas ocho meses después, el panorama ha cambiado. Las inercias son muy fuertes y se imponen ante la debilidad de las dinámicas de cambio.

Los datos duros de la economía muestran que el país sigue con ritmos bajos de crecimiento; que la violencia permanece en rangos en los que terminó el gobierno anterior; que la corrupción se mantiene impune, y que los partidos siguen dentro de su burbuja de privilegios e intereses. Otro factor que cabe resaltar tras las recientes elecciones locales es que el grado de cinismo para hacer alianzas entre partidos, meros arreglos para ganar votos, carentes de proyectos, de compromisos con los votantes, carentes de identidad porque estás se diluyen ante la única prioridad que es obtener el poder por el poder mismo.

En el tema de Pemex, será muy difícil lograr un arreglo negociado. Por lo pronto ya hay dos posiciones muy definidas, las del PRI y PAN que quieren abrir Pemex a la inversión privada y la de las izquierdas que se opone rotundamente. Abrir supone cambios a la Constitución, así que hay que contar si se puede hacer una reforma sin los votos de la izquierda.

En ambas posiciones, hay razones e intereses validos, aunque como ya hemos visto, el problema que representa una apertura a la inversión extranjera con un Estado que no quiere o no puede ser un regulador fuerte, lo que termina ocurriendo es que los poderes fácticos son los que imponen sus condiciones para beneficio de sus intereses particulares. Pero por otra parte, resulta insostenible que el Estado mexicano siga viviendo de Pemex y financiando con la paraestatal él 40% del gasto público. La ineficiencia y la corrupción visible que se advierte en esa empresa hacen urgente que el petróleo sea administrado de otra forma.

Lo que más produce desanimo, es que todos los proyectos de reforma están atados a tres esquemas nefastos: el de la obstinada búsqueda de más influencia y mayor capacidad de decisión a los aparatos partidarios; el de las cláusulas para la negociación y el intercambio de favores entre poderes políticos y fácticos; y, sobre todo, el del abandono de la verdad: ofreciendo grandes soluciones, mientras todos advertimos que los principales problemas del país siguen acrecentándose ante la ausencia de reales cambios. En la sociedad impera la desconfianza.

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