De elecciones, partidos y ciudadanía

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rebecca_arenas

Rebecca ArenasDe elecciones, partidos y ciudadanía

11 de julio de 2013

 

El avance democrático en México ha generado situaciones de todo tipo. La que viven los partidos políticos son de enorme ventaja para sí mismos, no así para la sociedad.

Entre la sociedad civil y el ejercicio del poder político, los partidos políticos son entidades públicas y por ello gozan de privilegios fiscales de todo tipo, protegiendo su patrimonio como si fueran empresas privadas. Combaten a los gobiernos desde la oposición, pero al mismo tiempo integran gobiernos estatutarios. Viven del respaldo que les ofrecen los ciudadanos, pero son profundamente oligárquicos.

Defienden causas sociales, pero están dispuestos a pactar lo que sea y con quien sea, para incrementar su poder. Y precisamente de estas organizaciones, es que depende el futuro de nuestro país.

El proceso de transición que vivió México durante los últimos 20 años, nos hizo pasar de un esquema que le otorgaba casi todos los poderes al Presidente de la República -con el sistemático respaldo de su partido-, a otro, en el que esas capacidades se han trasladado a las dirigencias partidistas.

Estudiosos del tema afirman, que quienes diseñaron las nuevas reglas del juego político mexicano sabían muy bien lo que estaban haciendo: querían sustentar la pluralidad política en el régimen de partidos, y lo lograron.

Entre los muchos efectos políticos que esta nueva dinámica ha traído a nuestro quehacer político, está el hecho de que las dirigencias partidarias han extendido sus poderes reales como nunca antes, por los recursos financieros que hoy tienen a su alcance; por el control de los aparatos burocráticos que responden a sus instrucciones; y sobre todo, por el poder plenipotenciario de las dirigencias de decidir -al través de los métodos que los propios partidos se fijan– los perfiles de quienes ocuparán los cargos legislativos de mayor relevancia y de esta manera, controlar la elaboración de leyes en nuestro país.

Como es bien sabido, el Poder Legislativo mexicano se integra a través de un sistema electoral mixto: uninominal y plurinominal. Los primeros hacen campaña en un distrito, buscando votos.

Los segundos, dependen del número de votos obtenidos por su partido en cada una de las cinco circunscripciones del país. Hoy por hoy, un 40% de los asientos que ocupan los diputados y un 25% de los senadores, se distribuyen mediante la vía de representación proporcional.

En este esquema, el lugar que cada político designado ocupa en las listas de representación proporcional, resulta determinante para su arribo al cargo legislativo. Los tres principales partidos políticos reúnen más de 90% de los votos totales, y a juzgar por los datos que arrojan las encuestas electorales, la distribución de ese porcentaje será cada vez más pareja.

Hoy por hoy, mucho antes de que las elecciones se realicen, las dirigencias de los partidos pueden organizarse para seguir controlando la vida política del país, sin rendirle cuentas a nadie sobre la forma en que toman esas decisiones.

Esta situación que desalienta a las nuevas generaciones de militantes, que no ven cuándo les llegará su oportunidad, también inconforma al electorado, que sin deberla ni temerla, termina siendo rehén de los compromisos de legisladores plurinominales, -que no han ganado un solo voto-, que no tienen compromiso alguno con los votantes de este país, y sí en cambio con las dirigencias de sus partidos, a quien le deben la plurinominal.

Si las elecciones tienen como propósito constituir consensos, fortalecer la legitimidad del sistema político, restaurar la confianza en las autoridades, determinar la composición de grupos dirigentes y sentar una relación sólida entre los ciudadanos y los líderes, el poder omnÍmodo de los partidos políticos, de sus dirigencias, lejos de promover estos propósitos, los está obstaculizando y.con ello cavando su propia tumba. Al tiempo.

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