¿De quién es la culpa?

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rebecca_arenas

Rebecca Arenas

14 de noviembre de 2012

  La comunicación es considerada, con razón, el poder más importante en la vida de las sociedades contemporáneas. La comunicación está  hecha de palabras, pero también de miradas, gestos, actitudes, de movimientos corporales; incluso existen las más sofisticadas técnicas, como la neurolingüística, que nos permiten comunicarnos mejor con nuestros interlocutores, sin dejar nada al azar.

La comunicación, como todo fenómeno social, paralelamente a sus enormes beneficios también tiene su lado oscuro. Uno de sus mayores males es la mentira, que en el plano de la política conocemos como demagogia.

La mentira en un discurso, cuando quien lo emite sabe de antemano que no va a poder cumplir lo prometido, constituye un engaño premeditado que más tarde o más temprano provoca incomunicación, polarización, división y debilitamiento, desconfianza, falta de rumbo y falta de expectativas. Ni más ni menos, el ánimo de amplios segmentos de la ciudadanía frente al poder público y sus actores, los políticos.

¿Por qué no logramos salir del círculo perverso de la crisis de inseguridad, pobreza, desigualdad, falta de empleo y todos sus derivados, que hemos venido padeciendo desde hace tiempo, y que lejos de resolverse se acrecienta y se complica cada vez más?

La tendencia más frecuente es culpar a otros, sea a la globalización, a los políticos incapaces de establecer un diálogo y llegar a acuerdos; o a los funcionarios corruptos que se sirven del poder público en vez de servir a la sociedad. Una lista larguísima de responsables de lo que nos pasa, pero difícilmente se nos ocurre asumir responsabilidad propia en esta enmarañada crisis.

¿Cuánta mentira proveniente de los actores políticos somos capaces de soportar los ciudadanos? ¿Por qué si rechazamos la mentira cuando proviene de gente cercana a nosotros: compañeros de trabajo, vecinos, colaboradores e incluso de nuestra propia familia, nos enoja y tratamos por todos los medios de evitar que se repita? ¿Por qué en cambio, cuando se trata de la cosa pública, reaccionamos distinto, con pasividad o tomándolo a chunga, como si la promesa falsa o el engaño deliberado, no fuera proferido a nosotros los ciudadanos, ni nos generara perjuicios?- Este asunto se agrava por los enormes costos que conlleva. Cuando escuchamos, como lo hemos hecho los pasados seis años, las mentiras del Gobierno federal, comunicándonos que se crearon millones de empleos en el último año, que disminuyó la pobreza, que ya “casi” salimos de la crisis, o que se logró acotar a la delincuencia organizada, lo que hacemos con nuestro silencio es aceptar la mentira de nuestros gobernantes.

Lo mismo ocurre cuando tomamos a la ligera, como una ocurrencia absurda que en nada nos afecta, las alianzas electorales o legislativas entre partidos políticos opuestos entre sí, como el agua y el aceite, con el único propósito de ganar una elección, o lograr una votación legislativa contra viento y marea, sin importarles con base en qué van a gobernar en el primer caso, o el ridículo de una ruptura a medio camino, como lo acabamos de ver entre el PAN y el PRD.

En ambos casos, el silencio ciudadano frente a la mentira y al cinismo de no pocas figuras públicas, convierte a los ciudadanos en cómplices pasivos de quien los engaña y lucra a sus costillas; en una masa manipulable, carente de autoestima y de memoria, y en un pesado lastre para el fortalecimiento de nuestra democracia.

La comunicación es fundamental, decíamos al inicio, pero cuando se comunican mentiras y la sociedad lo acepta como parte de un esquema de valores entendidos: “siempre es lo mismo” ó “de todas formas se salen con la suya”, la situación es muy grave, porque empieza a reproducirse en otras esferas con igual impunidad. Comunicar es la tarea que debemos llevar a cabo los ciudadanos entre nosotros mismos, para aprender a organizarnos, para hacer valer nuestros derechos y exigir resultados a quienes llegaron al cargo público por nuestro sufragio; para que de una vez por todas, dejemos de asumirnos como víctimas de lo que nosotros mismos permitimos.

 

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