Desconfianza, problema real a revertir

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rebecca_arenas

Rebecca Arenas

12 de septiembre de 2012

 En los próximos dos meses no veremos ocurrir mayor acción del Gobierno federal, dado que los que se van lo único que quieren es entregar y los que llegan aún no pueden actuar. Mientras tanto, los ciudadanos de a pie seguirán en su lucha diaria por volver del trabajo sanos y salvos a casa, por encontrar un empleo, porque les alcance el gasto diario.

Días de inacción aparente, pero no para muchos analistas y estudiosos que escriben a diario sobre el deterioro de nuestra vida política; ocupándose obsesivamente en medir la cantidad, el tamaño y las características de los síntomas, sin tomar en cuenta las causas que los están generando.

Si el problema en nuestra democracia es que las instituciones políticas no están resolviendo los problemas con eficacia, o lo están haciendo a un costo demasiado alto, la solución evidentemente no está en el simple reclamo de que funcionen mejor. Si las instituciones mismas se han convertido en parte del problema, quiere decir que la causa está en otra parte.

Un posible lugar, y este impass aparente es buen momento para reflexionar al respecto, es la disfunción entre las leyes, los valores y las estructuras de autoridad que componen nuestro régimen político en su conjunto.

Los estudiosos coinciden en que el origen de esa disfunción está en que nuestra transición hacia la democracia, se concentró exclusivamente en los aspectos electorales, dejando el resto del aparato institucional prácticamente intacto.

La nueva pluralidad política del país se articuló a través de elecciones sucesivas, indiscutiblemente cada vez más legítimas y más competidas; pero las nuevas vías para la redistribución del poder, no se articularon con las bases sobre las cuales habría de descansar, precisamente, el ejercicio de ese poder.

La suma de estas disfunciones ha generado el estancamiento de nuestra democracia, atrapándola en las redes de las mismas instituciones políticas a las que se inyectó pluralidad. Ahora vemos que nuestras estructuras de autoridad, no estaban diseñadas para albergar tales diferencias, ni tampoco las pugnas interminables entre los partidos políticos, que no han sido capaces de pactar un método para convivir con sus diferencias, logrando, además, resultados tangibles.

Y mientras los valores que intentan privilegiar a toda costa la eficacia de la democracia, han venido ganando terreno; la desconfianza, el verdadero problema de fondo, apenas se reconoce, no se analiza y menos aún, se combate.

Detrás de la ausencia de compromiso con la democracia de los distintos actores políticos, esta la desconfianza. También está en la falta de congruencia entre el decir y el hacer de las distintas autoridades. Desconfianza, que constituye el antídoto más poderoso en contra de cualquier acción colectiva. Desconfianza, que debemos asumir plenamente si queremos comenzar a identificar los problemas que el país debe resolver para salir del actual estancamiento y recuperar el rumbo.

Sin confianza, no hay capital social; no hay capacidad para construir objetivos comunes y no se puede trabajar en colectividad para obtenerlos. La confianza es indispensable para que las instituciones funcionen de manera adecuada. Sin confianza, las relaciones se vuelven rígidas, conflictivas y poco efectivas en resultados. El problema se agrava porque nadie, ni el Ejecutivo Federal; ni el Legislativo, ni los partidos políticos, ni las escuelas ni las universidades, están atendiendo esta necesidad de la sociedad mexicana por definir nuevos valores y códigos que atiendan la dinámica de los nuevos tiempos, con realismo, respeto y con una visión solidaria que se contraponga al individualismo a ultranza, donde cada quien actúa para su santo.

Nadie parece enterarse, que la desatención a la creciente desconfianza de los mexicanos frente al poder público, ha contribuido a generar la imagen de país sin rumbo, con claros signos de descomposición social, que hoy tenemos en el exterior. Desde esta perspectiva, la construcción de una ética pública promovida por el Estado buscando el apoyo de la ciudadanía, basada en la congruencia entre el decir y el hacer, como un primer paso hacia la recuperación de la confianza perdida; debiera ser parte crucial de la acción del próximo Gobierno.

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