El Pacto por México, mitos y realidades

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rebecca_arenas

Rebecca Arenasx

9 de octubre de 2013

 

Durante años, politólogos y analistas clamaron en el desierto por un Pacto a la Moncloa a la mexicana, que permitiera a las fuerzas políticas de nuestro país, entenderse en lo básico para poder avanzar en lo fundamental, como ocurrió en España a la muerte de Franco.

Tuvieron que transcurrir mas de tres décadas para que el milagro se produjera, aunque con sus bemoles. En efecto, el Pacto por México es un acuerdo político básico, que lograron las principales fuerzas políticas que hoy gobiernan nuestro país, para buscar priorizar las coincidencias, dejando a la negociación las diferencias. Un acuerdo pontificado por los cercanos, satanizado por los contrarios, y visto con desconfianza por la gran mayoría de los mexicanos, que saben que se trata de un instrumento de doble filo.

Por un lado permite el dialogo entre contrarios, pero por otro lado, su continuidad permite la presión y el chantaje entre los participantes.

Pero si analizamos antes del Pacto por México, lo que habíamos tenido eran buenos deseos, convertidos incluso en programas partidarios, que con frecuencia se han quedado estancados por la inercia de la costumbre, imposible de remontar.

Una dinámica de avances menores y generalizada autocomplacencia, fue llevando a nuestra incipiente democracia a la inmovilidad.

En otras regiones del mundo, la debilidad y falta de rumbo del Estado han puesto en riesgo su viabilidad, provocando incluso nuevas olas de violencia.

Qué importante que aprendamos de lo ocurrido en otras latitudes, para evitar regresiones lamentables sustentadas en el viejo y doloso argumento de que la democracia no genera de manera automática la estabilidad, la riqueza y la igualdad que requieren los pueblos que la instauran.

En este proceso de aprendizaje, un primer mito a identificar, ahora desde la perspectiva del Pacto por México, se refiere a la calidad de los acuerdos que llevan a cabo los actores políticos, ya que, a pesar de lo que se declare o difunda, las mayoría de las veces no constituyen las mejores soluciones disponibles.

Un segundo mito es que la representación política vigente refleja plenamente los intereses de la sociedad, y por ello, cualquier decisión tomada entre los partidos es la mejor posible.

A pesar de las expectativas que generó en su inicio, el Pacto por México no está respondiendo con la altura debida, a la complejidad y dimensión de las demandas de la sociedad mexicana en su conjunto, porque lamentablemente en no pocos casos, los legisladores responden a los grupos de poder que los han filtrado a las cámaras legislativas, vía negociaciones en corto, con los principales partidos políticos. Un tercer mito es la confiabilidad y permanencia de los acuerdos entre partidos.

La experiencia reciente nos ha mostrado que este tipo de acuerdos responde mayoritariamente a coyunturas políticas e intereses facciosos, dejando en un segundo término, muy lejano, el interés ciudadano.

La reforma política, que prácticamente se encontraba congelada desde 2009, y cuyo eje gira en torno a establecer en la constitución instrumentos de democracia participativa, es un ejemplo de que la partidocracia ha venido reduciendo las expectativas de nuestra joven democracia a su mínima expresión.

Ahora, en el contexto del Pacto por México, pronto veremos si se producen los cambios sustantivos, tan largamente postergados.

Con un ánimo constructivo, podríamos suponer que la actual dinámica de mitos y realidades irá despejándose con el tiempo, y que la capacidad del Estado para afrontar problemas y ofrecer nuevos horizontes a la población crecerá también, de manera gradual.

Pero la realidad innegable es que, a pesar del Pacto por México la partidocracia continua privilegiando, desde otro escenario, la obtención de sus intereses inmediatos, negándose a asumir su responsabilidad nodal de fortalecer al Estado. 

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